La muerte es un escalón natural de nuestra propia existencia. Todos debemos morir. No hay verdad más evidente que ésta. Lo que está oculto es la hora y el cómo ha de venir la misma. Inexorablemente, tarde o temprano, estarás frente a ella y debes entonces experimentar tu propia muerte.

Llegado ese momento, nadie podrá sustituir esa experiencia. A medida que pasan los años, es cada vez más problable que veas morir a tus seres queridos, hasta que te toque el turno.

Esto es una experiencia humana, que toca la puerta de diversas maneras, todos los días de una u otra manera. Por lo tanto, deténte a reflexionar. Hay preguntas en torno a la muerte como éstas: ¿Ha valido la pena vivir? ¿Siento que me he realizado en esta vida que debo dejar atrás? ¿He estado apegado a mis seres queridos, a mis posesiones, mis logros, hasta el punto de olvidar que todo esto es pasajero? ¿Qué se sentirá al morir?

Cuando te habitúas a este tipo de reflexión, la muerte no se ve como el fin de la vida ni como su contraparte, sino más bien como uno de sus momentos culminantes, cuya experiencia no puedes improvisar. Es necesario, entonces, prepararse para ese acontecimiento tan vital.

Pregúntate, entonces, sinceramente, si estás en realidad preparado para morir o sobrellevar la muerte de un ser querido. Quizás nunca lo estés de manera suficiente, pero esto no debe detener tu dedicación sincera de acercarte con más confianza a este hecho innegable.

Es necesario aprender a detenerse y dar espacio a otras dimensiones de la vida.

El auténtico rostro de la muerte es sin maquillajes, sin adorno, ni vueltas que darle, sin griteríos, ni rostros mustios, sin protocolo. La muerte es un hecho natural. ¿No será más oportuno e inteligente tratar de encontrar un sentido, una razón de ser?

¿En otras palabras, no será más oportuno entablar desde ya buenas relaciones con esa «franca y bondadosa amiga», como la consideraba Mozart?

Para el hombre de fe, la muerte no es necesariamente ninguna amenaza, y de ningún modo es una experiencia que deba ser evitada, negada o suprimida; sino, más bien, asumida con valor, generosidad y esperanza.

Detrás de la máscara de la muerte juega a ‘las escondidas’ la Vida: vida plena y abundante, por lo tanto, no solo es natural sino también necesaria.

Por desventura, qué ajenos estamos muchas veces a esta belleza espiritual. Se la ha banalizado hasta extremos impensados: muerte es sinónimo de crónica roja; muerte y violencia van de la mano ; muerte y terror se entremezclan; muerte y crimen a sueldo una penosa realidad.

Se ha perdido el sentido de lo sagrado que es la muerte y el morir. Y, por ende, del respeto que ésta merece.

No hay que olvidar que cuando se habla de la muerte del cuerpo, sostienes al mismo tiempo, que algo sobrevive: tu espíritu.

 

 

⇒ Con información del libro Junto a la Muerte, una brisa de esperanza de Edgar Aguilar Camacho

 

 

 


Denisse Espinoza

Amante de la naturaleza, la familia, los viajes y las tradiciones de los pueblos originarios. Comunicadora social, Web Master y Community Manager de IntiNetwork, busca encontrar su camino a través de los distintos senderos que el Universo le tiene preparado...
Denisse Espinoza