Tanto las actitudes como los estados de ánimo resultan ser contagiosos, y más aún cuando permanecemos expuestos a ellos durante mucho tiempo.

Siempre rodéate de personas positivas, no dejes que cualquiera te aleje de tus propósitos, te limite y quite tus esperanzas.

Nuestra actitud representa un porcentaje muy importante de la capacidad de influencia que tenemos sobre lo que nos sucede, así que no lo hagas, no permitas que te roben tu mejor vestido.

Una persona feliz no tiene un determinado conjunto de circunstancias, sino un conjunto de actitudes. Hugh Downs
Tu actitud: una decisión personal

La oferta editorial sobre libros de felicidad y crecimiento personal se duplica cada año. Sin embargo, la OMS ya nos advierte de que en poco tiempo, la depresión será el primer problema de salud y discapacidad en todo el mundo.

Asimismo, educamos a nuestros niños para que sean competentes en ciencias, en matemáticas, en el uso de la tecnología e incluso en el lenguaje de la programación, pero se nos olvida enseñarles a tolerar la frustración, a gestionar sus universos emocionales, sus rabias, sus tristezas, sus estados de ánimo…

Nadie nos explica qué es eso de las actitudes, o cómo se hace aquello otro de «creer en nosotros mismos».

No lo sabemos porque lo único que nos han enseñado en el colegio es a saber identificar el sujeto y el predicado de una frase, a sacar el mínimo común múltiplo o a creer que basta con ser bueno, respetuoso y sacar buenas notas para que la felicidad aparezca por sí misma, como la promesa a un contrato que firmamos desde bien pequeños.

Sin embargo, tarde o temprano descubrimos que nuestras buenas intenciones no bastan para que llegue el éxito.
Nos damos cuenta de que si alguien no cree en nosotros nos apagamos como una vela vencida por un viento frío.

Percibimos también que la sociedad nos ofrece una buena educación, pero posterga nuestras oportunidades sumiéndonos en una sala de espera donde nada llega.

Y allí, nos juntamos con otros que también aguardan, otros que nos contagian sus esperanzas desnutridas, su derrotismo, su vacía autoestima de corta y pega.

Tarde o temprano, nos damos cuenta de que estamos «enfermos», infectados por el desánimo y la pasividad, nublados por una mente que se ha dejado llevar por el piloto automático de la negatividad ajena.

Al final, percibimos que nuestros estados de ánimo y la actitud, no es más que una decisión personal, esa que nos arranca de unos jardines yermos y desolados donde nada crece, para recordar que no merecemos estar ahí, que toca aunar valor, energía y ánimo para hallar aquello que necesitamos de verdad.

La negatividad genera más negatividad

Aunque no siempre estamos dispuestos a admitirlo, un estudio realizado por la Universidad de Indiana ha revelado que las opiniones de los demás nos afectan e influyen en nuestro comportamiento. Estos psicólogos han encontrado que las opiniones negativas tienen un mayor impacto y generan un cambio de actitud en comparación con las opiniones positivas.

En el experimento, los participantes examinaron varios productos. Luego compartieron sus opiniones con los demás, tanto positivas como negativas.

Los investigadores encontraron que las opiniones negativas influenciaron las actitudes de los participantes hacia los productos, haciéndolos sentir aún peor.

Además, lo malo es que aquellos que anteriormente tenían una actitud positiva eran los más susceptibles a la influencia de las opiniones negativas de los demás.

Además, cuando la gente tenía la oportunidad de interactuar cara a cara con aquellos que tenían estas opiniones negativas, era más probable que fortalecieran su actitud negativa y se apreciaba una polarización aún mayor. Este experimento lanza un mensaje claro: la negatividad genera más negatividad.

 

Los tres componentes de la actitud fuerte y valiente

A menudo suele decirse aquello de que una actitud positiva no resolverá todos nuestros problemas, pero lo que sí hará es molestar a más de una persona, a esas que con su mentalidad cuadrada y sus enfoques llenos de aristas, no hacen más que poner alambradas a nuestros sueños, tormentas a nuestros días soleados.

Sea como sea, lo que sí debemos tener claro es que la actitud es un valor personal en el que trabajar a diario. Porque cuando menos lo esperemos, puede flaquear o lo que es peor, puede debilitarse por la influencia nociva de esas terceras personas.

Así, nunca está de más recordar estos componentes que sustentan, conforman y alimentan los estados de ánimo y las actitudes fuertes:

Compromiso: una buena actitud requiere un firme compromiso en nosotros mismos y en nuestros propósitos, en esas metas, valores u objetivos que nos son valiosos.
Auto-control: para alcanzar un sueño, para lograr ese propósito preciado debemos asumir el control sobre nuestra propia realidad, sobre cada cosa que acontece.

Si nos equivocamos la obligación por rectificar es nuestra. No pondremos sobre otras personas responsabilidad alguna, asumiremos siempre una actitud positiva, activa y valiente.

El último eslabón que conforma nuestras actitudes es el desafío. Es un aspecto que no podemos descuidar, porque la vida siempre pondrá ante nosotros diez, cien, doscientos retos cotidianos…

Hay que ver estas pruebas como desafíos de los que aprender para invertir en nuestro crecimiento personal, en nuestro equipaje de vida, ahí donde sentirnos auténticos protagonistas del propio bienestar logrado.

La tristeza se propaga como un virus

Los psicólogos de la Universidad de Harvard han analizado el vínculo entre los estados de ánimo y los modelos relacionales.

No tuvieron en cuenta las emociones espontáneas o compartidas que a menudo experimentamos cuando compartimos las mismas experiencias con otras personas, sino que se centró en el impacto de los cambios emocionales que afectan los estados afectivos de las personas más cercanas a nosotros.

Estos psicólogos concluyen que las emociones negativas son como la gripe: cuantos más amigos tengas que padezcan gripe, mayores serán las probabilidades de infectarse, lo mismo se aplica a la tristeza y la desesperación.

También la hostilidad y el mal humor son contagiosos.

Rápidamente percibimos el mal humor y la hostilidad, y tan pronto como lo hacemos, algo cambia en nuestro cerebro, cambia nuestra forma de percibir el mundo. Interpretamos las interacciones más groseramente, y esto nos hará asumir la misma actitud que terminará difundiéndose.

 

 

⇒ Con información de Educación Emocional y La Mente es Maravillosa

Denisse Espinoza

Amante de la naturaleza, la familia, los viajes y las tradiciones de los pueblos originarios. Comunicadora social, Web Master y Community Manager de IntiNetwork, busca encontrar su camino a través de los distintos senderos que el Universo le tiene preparado...
Denisse Espinoza